No es el fútbol, no es el deporte; es la gente, es el fanatismo. Lo que pasó en el Estadio Monumental de Lima en el clásico de la capital peruana es prueba de que la humana es aún una raza lamentablemente primitiva.
¿Qué demuestra para el fútbol o para un equipo en particular que un aficionado sea arrojado desde el palco de un estadio hacia el campo?¿Que somos más amantes del deporte?¿Que sentimos más los colores del equipo?¿Que odiamos más al eterno rival? No, nada de eso, simplemente prueba lo asqueroso que se puede llegar a ser como persona, más aún cuando realmente no se es persona, sino que se es parte de una masa eufórica.
Probablemente la que debería ser la mayor fiesta del fútbol peruano entre Alianza Lima y Universitario, queda completamente en segundo plano. Sé cuál fue el resultado, pero no me interesa, ni lo voy a decir. El verdadero resultado es una muerte completamente injustificable.
Walter Oyarce, de 23 años, fue la víctima. ¿Su error? Ver el partido en el lado equivocado de las gradas, donde se establecen los ultras de su equipo rival. Un error por supuesto imperdonable, cuya pena no debe ser otra mas que la muerte, ¿no? Si es así bien hecho, buen trabajo.
Lo triste es que eso somos, y por más que quisiera que estas cosas sirvieran de lección, como un mensaje de que no se debe llegar al fanatismo, de que ser “ultra” o extremista nunca es bueno en ningún ámbito, sé que eso no pasará, que esto se va a seguir viendo en el deporte, en la política, en todo.
Mal día para el fútbol, un día en los que me repugna ser humano.